
Durante años nos han advertido: “La inteligencia artificial va a destruir millones de empleos”. Titulares apocalípticos, debates encendidos en LinkedIn y expertos anunciando el fin del trabajo tal y como lo conocemos. Pero quizá la conversación esté profundamente equivocada. La IA no está robando trabajos. Está robando algo mucho más incómodo: la excusa para no cambiar.
La mayoría de personas que temen a la IA no la han usado de verdad. No han trabajado con ella, no la han integrado en su día a día, no han intentado entender sus límites. La critican como quien critica un idioma que nunca quiso aprender. Y ahí empieza la polémica: el problema no es la tecnología, es nuestra resistencia a dejar de ser mediocres con justificación.
La IA no sustituye a profesionales competentes; sustituye a procesos mal hechos, tareas repetitivas y trabajos que llevaban años pidiendo una evolución. Cuando alguien dice “la IA hará innecesario mi puesto”, lo que muchas veces está diciendo es “mi puesto no ha cambiado en diez años”. Y eso duele admitirlo.
Pero hay algo aún más incómodo: la IA está exponiendo desigualdades que ya existían. Los que saben aprender, adaptarse y pensar críticamente la usan como una palanca brutal de productividad. Los que no, la ven como una amenaza injusta. No porque lo sea, sino porque acelera una realidad que antes se podía disimular: no todos aportamos el mismo valor.

También está el discurso moralista. “La IA es peligrosa”, “deshumaniza”, “mata la creatividad”. Curioso, porque nunca parecimos tan preocupados por la creatividad cuando pasábamos ocho horas copiando y pegando en Excel o respondiendo correos absurdos. Ahora que una máquina hace eso por nosotros, de repente hablamos de alma, ética y humanidad. ¿No será que la IA nos obliga a enfrentarnos a la parte verdaderamente humana del trabajo: pensar, decidir, crear y asumir responsabilidad?
Eso no significa que la IA sea inocente. Hay riesgos reales: concentración de poder, sesgos algorítmicos, dependencia tecnológica, uso irresponsable. Pero centrar el debate solo en el miedo es una forma cómoda de no actuar. Es más fácil protestar que aprender. Más fácil señalar a la máquina que replantear tu valor profesional.
La verdadera pregunta no es si la IA nos va a quitar el trabajo. La pregunta es: ¿qué tipo de profesionales queremos ser cuando ya no podamos escondernos detrás de tareas automáticas? Porque la IA no elimina el talento, lo pone en evidencia. Y eso, para muchos, es insoportable.

Tal vez por eso la polémica no va a desaparecer. No hablamos de tecnología. Hablamos de identidad, de estatus y de miedo a quedarnos atrás. La IA no nos está deshumanizando. Nos está poniendo un espejo delante. Y no a todo el mundo le gusta lo que ve.




